No tengo miedo a quien con su mirada arrogante se atreve a cuestionar la belleza ajena, el por qué y el cuándo de una persona diferente a los demás. Más bien siento un poquito de pena, y una lástima absoluta por no solo la falta de criterio sino por la falta de oportunidades que estas personas enfrentan. Soy de aquellas personas que les gusta distinguir un vidrio de un cristal, no porque uno sea mejor que el otro, ni porque uno vale más. Me gusta saber de dónde viene mi vaso por su proceso, implícito en el resultado de lo que es ahora, por su material único, por lo que representa cada vez que toca mi boca. Me gusta saber en qué temperatura se fundieron, porque esto determina su duración, su resistencia, pero nunca su belleza. Me gusta porque en su mayoría la gente los confunde, los llama igual, o en el peor de los casos los subestima. Creyendo, por ejemplo, que el vidrio es más ordinario, que no vale. Sin saber que hoy en día hay vidrios tan resistentes como el acero. Siento pena, pero la vida me enseñó a mostrarme más bien distante, no vaya a ser que termine juzgándolos yo a ellos. A su vez, evito la perturbación permanente que me producen esos seres insípidos y algo tercos, que se dejan llevar por el mundo, y por lo que sus superiores les dictan. No, no necesito muchas palabras para lograr su empatía y tal vez en alguno momento su reacción. Mientras tanto me mantengo imperturbable ante ambos el halago o el rechazo. Sí, imperturbable. Como vidrio fuerte al viento y al agua, y gracias a Dios no me alcanza el fuego.